Real Madrid
 

 

Real Madrid 2 -  Partizan de Belgrado: 1

La "ye-ye": La savia joven sorbió la sexta

Cerrado el círculo triunfal del Real Madrid en la Copa de Europa, pasarían seis años antes de que los blancos sumaran su sexto galardón en esta competición. En este periodo de abstinencia, los madridistas rozaron el triunfo en dos finales. El 23 de noviembre de 1960, el Madrid era eliminado por primera vez desde la creación de la Copa. Su verdugo, el Barcelona; sus cómplices, dos colegiados ingleses. En la séptima edición, final ante el Benfica, con triunfo (5-3) de los portugueses, que ya habían doblegado en la final anterior al Barcelona. El Anderlecht, a las primeras de cambio, nos dejó en la cuneta en la octava Copa y en la novena fue el Inter milanés el que se llevó la gloria en la final al superarnos por 3-1. En la siguiente edición, de nuevo el Benfica fue el coco que nos goleó en cuartos con un 5-1 inapelable.

Benfica e Inter nos cerraron el paso en otras dos finales

Con Puskas, Santamaría y yo como supervivientes del equipo glorioso de las cinco copas, iniciamos la aventura de la undécima. El Feyenoord holandés fue nuestro primer oponente. En Amsterdam, escenario de la final del día 20 de mayo, perdimos por 2-1. Puskas marcó en el minuto 35 y la confianza y el repliegue nuestros dieron alas a los holandeses que llegaron con frecuencia a los aledaños de la puerta de Betancort y superaron nuestro gol para triunfar por la mínima. La distancia corta prometía emoción para el encuentro del Bernabéu, pero todo fue una falsa alarma. El equipo volvió a mostrar su mejor imagen, como en los viejos tiempos, Puskas, con cuatro tantos, destrozó él solo toda la maraña defensiva holandesa, en un trepidante primer tiempo y, aunque bajó el ritmo en el segundo, el marcador final no daba opción a la sorpresa: 5-0. Escocia fue el destino del Madrid en la segunda ronda y el Kilmarnock su rival. El primer encuentro se disputó bajo un frío intenso y conseguimos igualar a dos goles, ante 35.000 espectadores. Hubo equilibrio, ataques por ambas partes y el empate definitivo podía considerarse equitativo. Pirri y Amancio fueron los autores de los dos tantos blancos. La vuelta de la eliminatoria tuvo un carácter renovador. Miguel Muñoz decidió prescindir de dos veteranos, Santamaría y Puskas, y dio entrada a los jóvenes. Yo era ya el "viejo" de la fiesta entre un grupo de mozos que estaban dispuestos a reverdecer los ajados laureles de la Copa de Europa.

Los belgas del Anderlecht quisieron asustar a los jóvenes

El "equipo de la renovación" fue un éxito, Muñoz había acertado de lleno y los escoceses, que habían llegado a Madrid con muchas ínfulas, fueron las víctimas. Ganamos por 5-1, con tantos de Grosso (dos), Félix Ruiz, Pirri y uno mío y entramos de lleno en los cuartos de final. La ilusión por conseguir la sexta crecía como la espuma. El Anderlecht, que nos había dejado en el camino en 1962, nos esperaba en Bruselas con la ilusión de repetir la hazaña. Le faltó un pelo porque en la ida sólo cantidades ingentes de fortuna y una actuación prodigiosa de Betancort impidieron que el tanteo se quedara en un raquítico 1-0. El meta y los postes tuvieron la culpa. El Madrid "ye-ye", como se había bautizado al joven equipo de Muñoz, fracasó en toda regla. Los belgas llegaron a Madrid con la sonrisa de la superioridad en sus labios. Estaban seguros de su clasificación para la semifinal. Pusieron todos los medios a su alcance para conseguirlo, incluida una exagerada dosis de dureza, con la que pretendían acoquinar a los jóvenes. Pero no hubo tal. Los madridistas sacaron otra vez el libro de sus antecesores y, con coraje, genio y buen juego, superaron al Anderlecht por 4-2. Amancio y yo, como buenos hermanos, nos repartimos la tarta goleadora. Amaro sumó los dos primeros y yo el tercero, de penalti, y el cuarto. En los últimos tres minutos, los belgas redujeron a la mitad la paliza. La semifinal ante el Inter fue dramática y emotiva. Los milaneses eran temibles por su trayectoria -nos habían derrotado ya en una final- y todas las papeletas del triunfo caían de su lado. Pero ocurrió todo lo contrario. Los interistas plantearon un partido feo y bronco, sin ambiciones atacantes y apenas inquietaron a Araquistain que, desde el minuto 30, a causa de una lesión, apenas podía moverse y se mantenía bajo los palos de milagro. Ganamos por un tanto a cero, marcado por Pirri en el minuto 12. Los italianos no se inquietaron. "En San Siro caerá el Real Madrid. No habrá problemas". Demasiada confianza. El pronóstico resultó fallido. La incorporación por sorpresa de Puskas al equipo sembró la inquietud en Milán, aunque luego no se alinearía. Otra vez las declaraciones de Helenio Herrera calentaron el ambiente y San Siro, abarrotado, echaba humo y hervía de antimadridismo. El Madrid se batió con bravura, como en sus mejores épocas. El primer tiempo fue excelente y el gol de Amancio apagó los cánticos que desde las gradas intentaban impresionar a los jugadores blancos. No variaron las cosas en la segunda mitad, en la que con serenidad y firmeza defensiva los de Muñoz mantuvieron su puerta cerrada a cal y canto hasta que en los últimos minutos, cuando ya no había remedio para los de casa, el defensa Facchetti marcó el inútil tanto de la igualada. El Real alcanzaba de esta forma su octava final. El oponente, el Partizán de Belgrado.

El Inter cayó en una final emotiva y llena de dramatismo

De nuevo miles de españoles acudieron al estadio Heysel, en Bruselas, con la esperanza de que se repitiera el triunfo que el Real Madrid obtuvo frente al Milan en la tercera Copa. No salieron defraudados. Los apuros se produjeron al principio, en que los yugoslavos apretaron de lo lindo, pero sin conseguir marcar. Los madridistas fuimos sacudiéndonos el dominio y la primera mitad terminó con igualdad en el marcador y en los merecimientos, ya que los dos conjuntos pudimos marcar algún tanto. Los nervios de los primeros 45 minutos quedaron en la caseta y el Madrid puso la directa con un fútbol veloz y preciso. Lo malo es que precisamente en esos momentos se adelantó el Partizán, por medio de Vasovic; lo bueno es que el Madrid, como si el gol hubiera sido un acicate, resurgió y dio la vuelta al partido.

No hizo falta lanzar ninguna consigna. Los jóvenes jugadores del Real Madrid conocían su misión y la cumplieron. Yo fui el primero en ponerme a punto para insuflar a los integrantes del bloque todo el espíritu que yo había vivido en otras situaciones similares. Los blancos se lanzaron a un frenético ataque y en el minuto 70, Amancio, el gallego listo, realizó una jugada de fantasía, tras recibir un balón de Grosso, dribló por tres veces a un defensa, se plantó ante el meta, esperó su salida y le batió por bajo. Lo más difícil estaba conseguido. La gran fiesta se gestó seis minutos después. Serena empalmó un formidable disparo desde lejos, el balón dobló las manos del portero y se coló en la puerta por el ángulo superior del marco. La sexta Copa, la de los "ye-ye", era ya blanca, ante el delirio de los miles de españoles que ocuparon las gradas de Heysel.

Ficha Técnica:

Real Madrid:
Araquistáin; Pachín, Sanchís; Pirri, De Felipe, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento. Entrenador: Miguel Muñoz.

Partizan de Belgrado:
Soskic; Jusufi, Rasovic, Vasovic, Mihailovic; Kovacevic, Becejac; Bajic, Hasanagic, Galic, Pirmajer.

Goles:
0-1. Vasovic min.55    
1-1. Amancio min.70
2-1. Serena min.76
Ver goles

Incidencias:
Fecha: 11-05-66.
Estadio: Heysell (Bruselas). Espectadores: 55.000.
Árbitro: Kreitlein (Alemania).

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